Efectivamente, revivimos el blog después de varios meses de inactividad.
El caso es que tras mi estancia, el mes pasado, en Besançon (Francia) había estado pensando en publicar todos los hechos curiosos y embarazosos que te suelen ocurrir en este tipo de viajes.
He decidido llamarlos:
Incidencias Curiosas de Sucesos Extraordinarios
30-6-2009
Después de dos o tres días en mi nueva casa, mi querida madre me dijo que todas las mañanas mi padre me llevaría al instituto, pero que para volver que cogiese el bus.
NOTA: Los buses de Besançon se componen de una flota inmensa, y los horarios de llegada se cumplen estrictamente. El tráfico que los autobuses albergan es importante sobre todo en la rutas más céntricas.
El caso es que a mi me habían dado ese mismo día un librito con las rutas y los horarios. Sin embargo no tenía ni idea de que bus tenia que coger ni nada por el estilo.
Pregunto a uno de mis hermanos, un japonés para ser exactos. Éste saca su portátil y me dice las lineas que he de seguir. Todo parece más o menos claro.
Al día siguiente, en el coche, antes de bajarme para ir a clase ,mi padre me da una nota con los buses que he de coger y su teléfono por si me pierdo.
Ese día vamos con los profesores al centro del pueblo. Des de allí cogemos un bus para ir hasta el instituto donde las familias de algunos españoles van a recogerlos.
Yo que estaba super atenta a las paradas del bus pensé “mira si ya estoy dentro del que tenía que coger” Alegría y minipunto para Soraya que había conseguido coger el bus correcto.
Sin embargo la alegría duró poco.
El caso es que tenía que cambiar de linea de bus. Me tenía que bajar del bus 7 Bregille en la parada de Bouvard para coger el 3 Orchamps y bajarme en Charigney.
Me bajo en la parada, me quedo mirando un panel informativo y mi librito de lineas de bus para ver cual era el que tenía que coger. Haciendo todo esto se para un bus en la parada. ¿Y que ven mis ojos cuando mira el número y la dirección? QUE ERA EL 3 ORCHAMPS!
Salgo escopeteada de mi asiento y me dirijo al bus.
En el interior, el conductor, al que bien podríamos definir como un Papá Noel pluriempleado, me mira a través del cristal de la puerta por la que yo tenía que subir. Tras varios segundos de angustia por mi lado y diversión por parte de Santa decido tocarle al cristal por si acaso éste no era lo suficiéntemente translúcido como para ver que quería subir. Finalmente me abre la puerta.
Al entrar muestro mi tarjetita de estudiante y me quedo de pie en medio del autobús con mi papel de las paradas que tenía que ir pasando hasta Charigney.
Cuando estaba en Lebeuf, una antes de la mía, apreto el botón para marcar que me quiero bajar en la siguiente. Sin embargo el milagro no se produce.
A las 5 de la tarde, con un sol de justicia, Santa y yo mantuvimos unos minutos de fría mirada. Él desde su asiento mullido y yo en la puerta del bus a la espera de que abriese para que me pudiese bajar.
El Santa, viendo que tal vez NO queria bajarme decide continuar su recorrido.
Yo pensando que ya lo tenía todo perdido comienzo a memorizar el camino que más tarde, al bajarme en la siguiente parada tras descubrir que había que apretar un botón para abrir las puertas, tenía que recorrer de vuelta a mi casa.
Todo parecía arreglado y solucionado hasta que me encuentro en las afueras de la ciudad, en una rotonda, un sitio inhóspito, absolutamente nadie a mi alrededor, un calor terrible…
Veo un establecimiento, algo parecido al Correos español (más tarde descubrí que era un Banco…) y decido entrar para preguntar. Sin embargo al ver a tropecientos mil hombres apelotonados en un mostrador decido salir e intentar encontrar el camino hasta mi casa yo solita.
Pienso ” esta mañana he hecho éste camino, tengo que acordarme “. Me encamino por una cuesta y veo en un cartel el nombre de mi calle. ¡Guay! Solucionado, hasta que veo que la carretera sube hacía lo que en España llamaríamos como… un monte…
Subo más, andando por la carretera (que como los coches no van rápidos allí…) y llego a una callecita llena de adosados. Leo en un panel, de nuevo, el nombre de mi calle, de nuevo felicidad, pero esta vez dura menos cuando veo que la primera casa tiene el número 1 y yo vivo nada menos que en el 28. Pienso, bueno pues será más arriba, subo, paso una curva muerta de miedo porque los coches venían super rápido, el sol fundía hasta a las piedras, ya no sabía que hacer, decido quedarme en un espacio que quedaba entre la carretera y el monte, pensando que si seguía y me perdía entonces no podría decir dónde estaba.
Decido llamar a mi padre. No me contesta… llamo de nuevo y le digo que “creo que estoy a medio camino” en francés, el señor amablemente y viendo que no le iba a entender por teléfono decide hablarme en español. Me empieza a hacer preguntar para averiguar dónde narices estoy.
- ¿Ves un picadero?
- No
- ¿Ves una rotonda?
- Sí
- Pues espera ahi que voy a por ti
¡¡Tierra trágame!! Estaba en el monte, no había ninguna rotonda, pero había visto una antes. Abajo, antes de empezar a subir por las montañas. EL caso es que miro el reloj y pienso “Este señor no corre, vuela con el coche, tengo tres minutos escasos para llegar a la rotonda antes que él y lo más importante que no me vea bajar corriendo la montaña…” Así ávida y con brío comienzo a descender la montaña en lo que se podría considerar una gimkana francesa. El resultado: llego a la rotonda y en unos 15-30 segundos apreció mi padre. Sus palabras fueron: “Si estabas casi al lado” Y mi pensamiento al llegar a casa fue: “¿Al lado? ¿Al lado? ¿Tengo que subir todo eso pro el monte todos os días?
Al día siguiente no me perdí, ¡como para perderse estaba la cosa!