2900 dulces cisnes

Caminó durante  6 horas por largos pasillos de azúcar. Altas torres lo custodiaban y en cada una de ellas una persona. Una persona callada y con los ojos cerrados. De vez en cuando bostezaban o movían los pies. Decidió que tenía que coger aquel tren. Era su viaje, su destino y debía encontrar el silencio que tanto buscaba. Silencio acompañado de alguien aún más silencioso. Pues cruzaba la vida de puntillas en busca de un perdón que no encontraba. No se perdonaba. Y tal vez no lo haga hasta que no llegue a su destino.

Apenas ha abandonado la estación. Le quedan 2900 dulces cisnes hasta llegar a su destino. Quizás esté demasiado lejos como para llegar en poco tiempo. Las cosas han cambiado, se han estropeado. Y ahora ya no hay vino.

El tren se acelera, pero unas cuerdas lo retienen. Son las montañas que no quieren que pase. Es un tren desafortunado que tan solo pretende cruzar un puente de hojalata.

Se detiene en una estación. Algunas personas bajan, otras se quedan. Aquellas que están sentadas a su lado permanecen. Comen bocadillos de queso, salvo uno, que ha decidido tomar un sandwich empanado. Abajo un gato con 50 orejas mira triste el tren.

Hoy las haches están en huelga. Desea llegar a su destino y librarse de su carga. Pero no puede, porque apenas ha abandonado la estación.

Mañana tal vez brille el sol.

Nessum dorma

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